La revista 'Nature' se hace eco del proyecto Trineo de Viento

La revista ‘Nature’ se hace eco del proyecto Trineo de Viento

La publicación menciona el vehículo eólico de Ramón Larramendi en un artículo sobre la necesidad de que los investigadores contaminen lo menos posible

La revista ‘Nature’, en su edición del pasado 22 de junio, recoge un artículo sobre la importancia de hacer ‘ciencia limpia’ en la que se menciona el Trineo de Viento, diseñado por el explorador polar español Ramón Larramendi, como “una plataforma científica de baja emisión de carbono” que se puede convertir en una “excelente oportunidad” para evitar emisiones. Se señala que puede ahorra hasta 100 barriles de combustible, respecto a la utilización de aviones con esquís, habituales en expediciones científicas similares a la que acaba de finalizar en Groenlandia, Río de Hielo 017.

El artículo en la prestigiosa revista científica, firmado por la periodista Julia Rosen, se centra en la necesidad de que los investigadores de las diferentes áreas, tomen conciencia del impacto que su trabajo genera en el medio ambiente e intenten ponerle remedio, dado que precisamente muchos de ellos se centran en el estudio de este tipo de impactos.

En concreto, en relación con el Trineo de Viento recuerda su participación este año en el proyecto Dark Snow, del climatólogo Jason Box (Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia), con el que colabora el científico y expedicionario Ross Edwards, de la Universidad de Curtin (Australia). Con anterioridad, el equipo de Box, con intención de reducir las emisiones, había utilizado aviones con esquís en lugar de helicópteros (dado que son menos contaminantes) para recoger datos sobre la capa de hielo ártica, hasta que descubrió el vehículo de Larramendi y decidió utilizarlo en la expedición Río de Hielo Groenlandia 2017. ‘Nature’ menciona que el “vehículo cero emisiones Trineo de Viento, tiene su origen en el diseño de los trineos inuit tirados por perros”, si bien Larramendi lo ha rediseñado para que fuera arrastrado por una cometa gigante. La autora recuerda que el vehículo ha hecho varios viajes exitosos en Groenlandia y la Antártida (lleva recorridos unos 20.000 kilómetros) y que la expedición que acaba de finalizar, ofrece “una excelente oportunidad para demostrar aún más la capacidad del vehículo para servir como plataforma científica de baja emisión de carbono”.

Para  Larramendi, este artículo en una revista que leen todos los científicos del mundo “supone un espaldarazo importante al concepto que he desarrollado en estos últimos 17 años porque refleja que ha dejado de ser un proyecto anecdótico para poder llegar a convertirse en una herramienta fundamental en el camino hacia una ciencia polar sostenible; y es por ahí por donde va el futuro porque los investigadores deben dar ejemplo”. Edwards, que también ha recogido en Río de Hielo 2017 información para el proyecto Ice2Ice de Paul Travis Vallelonga y  otros proyectos de la base EasGRIP, de Hans Christian Steen-Larsen’s, reconoce que el impacto ha sido mínimo: “Tan sólo se emite un poco de dióxido de carbono para cocinar y derretir agua, pero ya hemos pensado en soluciones a través de la energía solar que permitirán que hacer expediciones 100% no contaminantes”.

Rosen menciona en su artículo que Shahzeen Attari, investigadora de la Universidad de Indiana, ha descubierto que el comportamiento personal de los científicos es importante para el público general. Según un estudio publicado en 2016, a la audiencia les resultan más creíbles los investigadores climáticos que son conscientes de su impacto y evitan dejar grandes huellas de carbono. En consecuencia, el público está más dispuestos a reducir su propia huella cuando les escuchan.

Por contra, y pese a la escasez de datos, apunta que la evidencia sugiere que los científicos pueden tener huellas de carbono más elevadas que el promedio de la población. La autora recoge el caso de 13 científicos que evaluaron sus propias emisiones de gases de efecto invernadero y concluyeron que eran 10 veces mayores que la media mundial, sobre todo debido a los viajes en avión.

Entre las medidas que muchos investigadores están tomando, Rose menciona la reducción de vuelos, la búsqueda de formas creativas para hacer trabajo de campo y el ahorro de energía en los laboratorios, con lo cual mejora su ética, benefician al medio ambiente y reducen sus presupuestos, como refleja el caso del Trineo de Viento, con un coste por expedición muy bajo respecto a otros sistemas de transporte.
Algunos otros ejemplos que menciona de ‘ciencia limpia’ son las perforaciones de núcleos de hielo en Alaska que se hicieron en 2012 utilizando paneles solares, una turbina eólica y baterías; el caso de Elly Knight, de la Universidad de Alberta (Canadá), que utilizó bicicletas para instalar monitores en el bosque boreal; o el cierre de las chimeneas en laboratorios para que evitar que la energía escape.

El proyecto Trineo de Viento, patrocinado por Tierras Polares, tiene precisamente como objetivo facilitar la transición hacia una ciencia cero emisiones en dos de los territorios más frágiles del planeta: el Ártico y la Antártida, lugares que precisamente están sufriendo el impacto de emisiones contaminantes que, gracias a este convoy eólico, los científicos pueden evitar cuando realizan sus trabajos de campo.

Link al artículo completo en ‘NATURE’: http://www.nature.com/nature/journal/v546/n7659/full/nj7659-565a.html

 

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