Oficialdegui: ¡Como un tiovivo en mitad del hielo!

Oficialdegui: ¡Como un tiovivo en mitad del hielo!

IGNACIO OFICIALDEGUI 

Estamos en 70º 10´ norte y 40º 7´ Oeste, a unos 160 km del Ice Summit de Groenlandia, el punto culminante de la segunda mayor masa de hielo del planeta, a unos 3.000m de altura. Como suele pasar en estos casos, la cosa no resulta tan fácil como lo que uno planea en casa. Como suele decirse,  el calorcito del hogar lo aguanta todo…

Ayer navegábamos directos, contentos, haciendo los habituales ‘castillos en el aire’ sobre las inminentes glorias que nos esperaban al cumplir un objetivo difícil. Iba conduciendo yo… y de repente todo a nuestro alrededor se convirtió en una masa blanca homogénea en la que lo único que se diferenciaba alrededor era el colorido de la cometa. Traté de concentrarme en ese punto y mantenerlo en la posición correcta, confiando en que mantendríamos la velocidad y no chocaría con nada, basándome en la estadística. Que yo supiera, solo podía andar por allí el otro trineo con Ramón, Karin y Nacho, y según nuestros cálculos tendría que estar a unos 70km de distancia.

De pronto, mi cerebro perdió todas las referencias y empecé a dar vueltas con el trineo como en un tiovivo. No me mareaba, pero la sensación era terrible. Giraba y giraba sin parar. Se lo comuniqué a Vicen, que iba de copiloto y sacamos a Hilo de la tienda de campaña. Cambió de la paz de su siesta a un ‘megamarrón’ en centésimas de segundo.

Conseguí, por pura intuición, llevar la cometa al extremo de la ventana del viento, con la intención de ir frenando el trineo, aunque todo seguía dando vueltas. Cuando me dijeron que estaba parado, bajé la cometa, solté los mandos y activé el mecanismo de suelta rápida. Parecía que todo iba bien… Sin embargo, el viento empezó a arrastrar la cometa por el suelo. Me avalancé sobre el mando para retenerla, pero cuando lo sujetaba la cometa se hinchaba y me arrastraba con ella.

Vicen e Hilo corrían detrás de mí. No se veía nada. Todo fue muy rápido y caótico. A la vez que sujetaba el mando, me arrastraba, me quitaba las manoplas, abría tres cremalleras, sacaba el GPS, marcaba la posición, me rebozaba de nieve, le gritaba a Vicen que volviera al trineo, le gritaba a Hilo, que corría a mi lado, arrastrado, que sacara una navaja y cortara la línea de cuerda a la cometa en un lado.  Hilo sacó la navaja e intentó hacerlo, pero la cometa me llevaba y él se caía. Volvía a levantarse y yo a gritar… Así varias verces, hasta que  finalmente consiguió cortar la cuerda y un ala de la cometa se liberó y paró de tirar. Me tumbé encima del mando, cavé un agujero e hice un ‘muerto’ de anclaje con él. Le pedí a Hilo que corriera hasta la cometa, que seguía trasteando, pero la baja densidad del aire no le permitía coger suficiente oxígeno  para elevarse.

Le esperé tirado en la nieve hasta que regresó con la cometa recogida y la línea, que no se había liado. Ni en el mejor de los sueños. Chocamos las manos y nos fuimos hacia el trineo, satisfechos del éxito en una parada en condiciones tan extremas.

El viento había subido a una velocidad de 70 km/h y había rolado para dejar nuestro vehículo cruzado 90º. Lo peor había pasado, y sin “víctimas”. Paradas en tormentas inesperadas como ésta suelen suponer pérdidas de la cometa, y hay que buscarla durante horas, o que se rompan o que formen líos de cuerdas de horas de solución.

Una vez recompuestos y contentos pusimos el trineo “culo al viento”, formamos un muro con arcones y petates, y lo afianzamos con picas y ‘muertos’ improvisados.

Y aquí seguimos cuando escribo esta crónica, unas 30 horas después, metidos en la misma tormenta y sin pinta de que vaya a mejorar. Compartiendo los cuatro metros cuadrados de la tienda con mis dos windsleders favoritos, Hilo y Vicente. Salvo por la preocupación de tener que conseguir nuestros objetivos de expedición, por lo demás no estamos nada mal. El viento truena en la lona, el trineo está medio enterrado, pero dentro charlamos, comemos, dormimos, escuchamos música y estamos a buena temperatura.

De vez en cuando da gusto salir a volver coger referencia de dónde estamos y saludar amablemente al ‘inlandsis’ para mantener una relación de buena vecindad. Esa sensación de “por si acaso”, de que haya buen rollito  y no se enfade con nosotros… Y menuda cuadrilla nos  hemos juntado. No se nos ocurre otra cosa, dentro de tienda, que seguir hablando de expediciones, de nuevos planes en lugares heladores, remotos, llenos de incomodidades, como si ya hubiéramos salido de esta y, además, nos hubiera parecido poco. Es el espíritu de las malas relaciones que uno hace de vez en cuando y que le llevan, precisamente, a estar en estos patios.

Tengo la combinación perfecta de compañeros de piso: Hilo es tranquilo, soñador, una herramienta para todo, reflexivo, de los que piensas: “seguro que sales de todas con él”; y Vicen es vital, experimentado, fuente de ánimo, disfrutador, realista, de los de “seguro de que evitamos meternos en líos innecesario con él”.

En estos ratos uno también se evade de la dinámica diaria de navegación y piensa en cosas del mundo exterior. Esta parada es la primera situación me lo ha permitido. Y la mente vuelve un rato a casa, al campo base de la vida,  para hacer repaso de la suerte que tengo, de la gente que me ha animado a escapar a dar vueltas por la mayor isla del mundo. Por ello, mando un abrazo muy fuerte a todos mis compañeros de trabajo, que están cubriendo los huequecillos que uno deja durante  días y a los que hacen que todo sea más fácil para embarcarse en estas historias: GRACIAS a Diego, Iñigo, Elo, David, Kintxo, Carlota… en representación de todos ellos.

Y me acuerdo de mi padre, que siempre ha apoyado mis proyectos, a pesar de ser a veces difíciles de asimilar en un hijo. Ahora le entiendo mejor. También de mis sobrinos más pequeños, Miguel y Telmo,  porque los tengo muy presentes en estos sitios donde tenemos en juego su futuro. Y de mucha otra gente, incluido mi tío Tomás, que siempre me recuerda que le salude desde sitios lejanos.

Y me acuerdo de casa, de Celina, la segunda mujer que más quiero, que estará todo el día teniendo todo perfecto para que cada uno se pueda ocupar de sus obligaciones de la manera más eficiente. De Anne, Matías y Rául, que estarán haciendo sus exámenes de final de curso. Les deseo lo mejor y que sepan que vaya como vaya todo les voy a querer igual. Cuánto me gustaría que pudieran estar aquí para que pudieran ver y vivir esto de primera mano. La sensación de sentir tu planeta tan puro, de escucharle, oír ese rugido del viento helador, de la nieve que lo invade todo tratando de conservarlo inmaculado, de mantenerlo vivo.

Juntos, viento y nieve, borran la ligera huella que deja nuestro trineo al pasar, le devuelven  la belleza de lo imperturbado, de que cierran ese pequeño rasguño con todo su celo y destreza. Y lo consiguen, y me satisface a pesar de que altere nuestros planes. Por otro lado, esta tierra tampoco quiere que nos vayamos del todo. Como si supiera que traemos también esperanzas para su salud. Sabe que llevamos a bordo el compromiso de quienes buscan lo mejor para ella, que quiere diagnosticarla sin hacerle daño y darla a conocer tal como es, como quiere seguir siendo.

Este es en definitiva el objetivo de este proyecto en el que Ramón lleva tantos años trabajando en esta isla tan querida por él, que parece consciente de que solo queremos acariciarla, conocerla, comprenderla, y mostrar a todo el mundo que merece ser respetada.  Y todo esto se me mezcla, porque quiero seguir aquí, y a la vez compartirlo con mi gente, y que quienes nos siguen y los que no entienda que debemos dejar un futuro con futuro para los que vienen detrás de nosotros. A la vez, quiero que el ‘inladsis’ colabore para que todo suceda lo antes posible, porque para ello nos tendrá que dejar atravesarlo y contarlo.

Ahora parece que sopla más fuerte, Hilo se duerme y  Vicen cambia de canción. El trineo está más enterrado, nuestra tienda Altus resiste como un titán. Todo es perfecto para que descansemos y así estar bien preparados para cuando el hielo nos diga que podemos continuar. El mismo hielo que nos ha dado, nos  da y nos tiene que dar de comer y de beber a todo el planeta.
Que siga nevando, aunque  a los que venimos para unos días nos cueste más esfuerzo y pasemos más frío.

Inlandis  Greenland 3 de Junio 2016

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