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El descenso del Yukón en Canadá, en El Diario Vasco

Fecha: 14/12/2011

       Nuestro amigo y viajero Juanma Sotillos viajó a Canada este verano con Tierras Polares para descender el río Yukón. Fruto de esos días es este artículo que ha publicado en El Diario Vasco y ha querido compartir con todos nosotros.     

                                    
 
    Remando por el Yukón canadiense

CANADA. Once días de río en canoa nos llevó de Whitehorse al increíble pueblo de Dawson después de navegar más de 800kms.

 

Ya le tenía yo ganas a este viaje. Y más desde que cené con el escritor Javier Reverte, quien, si como digo tenía ya en mente este viaje, el amigo Javier me disipó todas las dudas porque me animó aún más para hacerlo puesto que él ya lo había hecho, además con el mismo guía con el que iba a ir yo, mi amigo Jaime Barrallo de Tierras Polares y con quien ya he hecho algún otro viaje de aventuras al Ártico. De aquél viaje por el río Yukón, Javier Reverte publicó un estupendo relato en su libro “El río de la luz”. Por fin este año he podido realizar el viaje al descenso del río Yukón en canoa en compañía de otras once personas, de otros once ‘locos’ por el viaje de aventura.

Si en lugar de comenzar por el principio, empiezo por el final, les diré que el viaje ha merecido la pena, a pesar del esfuerzo, a pesar del cansancio, que supone remar entre ocho y doce horas diarias. Y ha merecido la pena, en primer lugar por la satisfacción del deber cumplido, esa satisfacción que da el llegar al objetivo propuesto que era alcanzar el pintoresco y pequeño pueblo de Dawson, una aldea que en la actualidad tiene unos 800 habitantes pero que en tiempos de la fiebre del  oro, la desastrosa fiebre del oro, llegó a tener hasta 40.000 ciudadanos. Y en segundo lugar ha merecido la pena por el grandioso paisaje que ofrece el caudal del río Yukón a lo largo de su cauce desde Whitehorse hasta la mencionada localidad. Un paisaje de frondosos bosques, espectaculares acantilados de roca, piedra, coníferas y arena, con el punto negativo al observar con dolor y pena miles de hectáreas quemadas unas semanas antes de nuestra navegación por el Yukón.

Comienza la aventura

Desde Whitehorse nos trasladamos con todo el equipo a Jhonson Juction. Seis canoas, doce bidones, bolsas estancas, tiendas de campaña, comida, utensilios de cocina, carpas, y un largo etcétera, evidentemente, sin olvidar por ser obligatorio portarlo en aquellos lares, el espray anti osos, componían todo el material necesario para levantar cada día un campamento siempre a merced de las condiciones meteorológicas, que allí, dicho sea de paso, son bien cambiantes. Así hemos tenido frío, calor, sol, lluvia, mucha lluvia, nubes, claros...

Empezamos a navegar el primer día a las 4 de la tarde para avanzar poco más de 30 kilómetros, parando de remar cuatro horas después. Jaime se ocupó al poco de iniciar la navegación, en cambiar a algunas de los que íbamos en las embarcaciones para compensar fuerzas y destreza.

Onces días en el Yukón

Generalmente comenzaba a moverse el personal hacia la 7 de la mañana. Los más madrugadores,  casi siempre los mismos, comenzábamos a preparar el desayuno que podría ser huevos con beicon, o tortilla francesa, pan, mermelada, mantequilla, cereales, café, cola-cao e infusiones. Después a fregar, también casi siempre los mismos, y a continuación recoger el campamento. Cada dos personas su tienda y luego el campamento común. Hacia las 9:30 ó 10, una vez cargadas las canoas, comenzábamos a remar. Sin parar hasta las dos de la tarde, pero eso sí, observando el paisaje con la placidez y calma que da el remar por el río plagado de sorpresas cuando éste no está agitado. En ese momento juntamos las seis canoas, nos abarloamos, que se dice en el argot marino, y amarrando los cabos entre las seis, comenzamos a picar comida de ataque (algún salchichón, frutos secos, frutos dulces, agua –con o sin tang-, y poco más). Mientras se comía, los cuatro remeros de las dos esquinas iban corrigiendo el rumbo para no darnos con ninguna presa de castores –que abundan en el  río y son espectaculares-, o no irnos contra las orillas. Tras el picoteo, si se terciaba, incluso algunos podían echar una pequeña siesta. Y a las tres de la tarde reanudábamos el constante remar, hasta que Jaime, plano en ristre en todo momento para saber dónde estábamos ubicados, decidía arrimarnos a la orilla y acampar en lugares predeterminados en la mayoría de las ocasiones.

Se trataba de subir las canoas a la orilla hasta que no tuvieran contacto con el agua. Atarlas, vaciarlas del equipaje y agua si hubiera entrado, bien del río o bien de la a veces insistente  y torrencial lluvia, y comenzábamos a montar el campamento.  Y todo esto, protegiéndose constantemente de los terribles ataques de los mosquitos. Las tiendas de cada pareja y el campo común, para después empezar a hacer la cena, alimentarnos, fregar, recoger absolutamente todo para no dejar nada al alcance de los temidos osos, y a dormir, a disfrutar del merecido descanso de cada día. Y al día siguiente más de lo mismo; y así hasta once días hasta que alcanzamos el mítico pueblo de Dawson después de remar a lo largo de más de 800 kilómetros por el histórico y emblemático río Yukón.

Pistas

Cómo llegar: Se vuela desde algún punto de Europa directamente a Whitehorse en Canadá.

Con quién: Independiente mente de que este viaje, como casi todos, lo puede hacer uno por su cuenta, lo organiza muy bien TIERRAS POLARES (teléfono 91 364 16 89) y su guía especializado, Jaime Barrallo, quien conoce a la perfeccción cada recobeco del río Yukón y otros.

 

Remar y remar

Sí, todos sabemos que en el descenso del río Yukón, se va a favor de corriente y parece que la canoa te va a llevar. Pero les puedo asegurar que hay que remar y remar. El de atrás, a modo de timonel, va dirigiendo el rumbo y el de adelante, tal como si fuera la propulsión de la embarcación, no para de remar a lo largo del día. De vez en cuando, coordiando con el timonel se cambia de brazo el remo, pero hay que seguir remando. Y no digamos nada cuando lo que se pretende es alcanzar la orilla en un punto determinado. Hay que remar con todas las fuerzas, generalmente después de una larga jornada de remada que, precisamente es cuando más cansado se está de remar. Y no olvido tampoco los esfuerzos de brazos remando, muchas veces contracorriente para encontrar algún lugar donde coger agua potable o cuando hay que remar contra el viento. El viaje es una delicia, es una aventura, es una auténtica experiencia. El que se anime a hacerlo que sepa que parafraseando la canción «El Rey» de Vicente Fernández que en algún momento dice rodar y rodar, en el Yukón, sin duda, para ir avanzando hay que remar y remar...

 

 

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